Vio agua, vio gente alrededor y no se hizo preguntas: se metió a bañar como en cualquier playa del mundo.
Pero ese lugar no era una playa. Era un río de aguas negras, contaminado por el alcantarillado de Río de Janeiro. Mientras ella y sus amigas nadaban, jugaban y posaban, el agua que las rodeaba arrastraba desechos de la ciudad. Y nadie parecía habérselo advertido.
Lo más inquietante del episodio es lo normal que lo vivió: sin sospechas, sin gestos de asco, sin saber que estaba nadando en aguas residuales. Años después, la anécdota sigue circulando como prueba de lo fácil que es confundir un paraíso con lo contrario cuando nadie te cuenta la verdad.
Para una de las mujeres más famosas del planeta, fue un día de diversión. Para quienes lo cuentan hoy, es la historia del baño que jamás habría querido darse.


