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Solo uno de cada diez periodos de clase en Ecuador se destina al aprendizaje del inglés

En Ecuador, el inglés ocupa apenas tres de los 30 períodos académicos semanales establecidos para los estudiantes desde segundo hasta décimo de Educación General Básica. Esto significa que solo uno de cada diez períodos de clase está destinado específicamente al aprendizaje del idioma, según un análisis del plan de estudios oficial establecido por el Ministerio de Educación. En los dos primeros años de Bachillerato en Ciencias, la proporción es incluso menor: tres de 35 períodos, equivalentes al 8,6% de la jornada mínima.
Esta realidad abre una discusión que va más allá de cuántas horas de inglés reciben los estudiantes: ¿es suficiente enseñar el idioma como una asignatura aislada o es necesario incorporarlo como una herramienta cotidiana de aprendizaje?
A escala mundial, la educación bilingüe dejó de ser una propuesta limitada a aprender un segundo idioma y se consolida como una tendencia dentro de la educación internacional. El 36% de los colegios internacionales ya ofrece programas bilingües o en dos idiomas, una proporción que ha crecido un 18% desde 2015, de acuerdo con el Global Market Overview 2025 de ISC Research.
“La educación bilingüe adquiere un sentido más amplio cuando el idioma se utiliza para aprender, investigar y relacionar ideas. Así, los estudiantes no solo desarrollan capacidades de comunicación, sino también habilidades para comprender su entorno y participar activamente en su aprendizaje”, asegura Christian Marulanda, Country Manager de Maple Bear LATAM.
El cambio es tanto cuantitativo como pedagógico. Además del aumento de instituciones que incorporan estos programas, el idioma está dejando de enseñarse únicamente como una asignatura para convertirse en una herramienta con la que los estudiantes aprenden contenidos, investigan, formulan preguntas, colaboran y resuelven problemas.
La expansión está impulsada, en buena medida, por familias locales que buscan una formación con perspectiva global sin renunciar al idioma, la cultura ni al sistema educativo de su país. Este giro marca una diferencia frente al modelo tradicional de escuela internacional, históricamente asociado principalmente con familias expatriadas.
Esta transformación también redefine lo que las familias esperan de la educación. Ya no se trata únicamente de que los estudiantes puedan hablar otro idioma, sino de que sean capaces de utilizarlo para comprender, analizar, crear y trabajar con otras personas en contextos diversos. Para Ecuador, el desafío consiste en pasar de reservar cerca del 10% de la jornada para aprender inglés a generar más experiencias educativas en las que los estudiantes puedan aprender, pensar e interactuar a través de una segunda lengua.
Una perspectiva centrada en el estudiante
Dentro de este escenario, la perspectiva educativa canadiense propone colocar al estudiante en el centro del proceso y promover el aprendizaje basado en la indagación. En la práctica, esto implica crear espacios para hacer preguntas, explorar ideas, experimentar, colaborar y comunicar descubrimientos, en lugar de limitar el aprendizaje a la recepción de información.
“Cuando un estudiante aprende a través de una segunda lengua, el idioma deja de ser el objetivo final y se convierte en un medio para pensar, descubrir y participar. Ese proceso fortalece competencias que serán relevantes dentro y fuera del aula”, añade Marulanda.
El modelo integra habilidades vinculadas con la preparación para el futuro, entre ellas las denominadas 4C: creatividad, colaboración, comunicación y pensamiento crítico. También incorpora la curiosidad, la adaptabilidad, la resiliencia y la resolución de problemas como dimensiones del desarrollo integral del estudiante.
Una experiencia global con adaptación local
Maple Bear nació en 2004 sobre una base de pedagogía canadiense y actualmente opera más de 500 escuelas en 37 países, con más de 70.000 estudiantes. Esta experiencia le permite observar cómo los modelos de educación bilingüe se aplican y adaptan en distintos contextos culturales.
La experiencia internacional muestra que una propuesta educativa global no tiene que significar la pérdida de la identidad local. Uno de los desafíos centrales consiste en articular metodologías internacionales con el idioma, la cultura y las necesidades educativas de cada país.
El crecimiento de los programas bilingües revela, por tanto, una transformación estructural de la educación internacional: las familias buscan que sus hijos accedan a oportunidades globales y, al mismo tiempo, desarrollen pensamiento crítico, creatividad, capacidad de colaboración y una conexión sólida con su propia cultura.

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Laura Franco

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